El 22 de octubre, empresas y gobiernos se apresuraban a corregir vulnerabilidades críticas en PHP, después de que sus desarrolladores publicaran actualizaciones de seguridad urgentes el día anterior. PHP es un lenguaje de programación utilizado para hacer funcionar sitios web. Las vulnerabilidades se habían descubierto con herramientas de inteligencia artificial.
En Japón, la aerolínea ANA y la firma de corretaje Nomura estuvieron entre las empresas que suspendieron temporalmente algunos servicios en línea como medida de precaución. Valtori, el proveedor estatal de servicios informáticos de Finlandia, dijo que estaba retirando gradualmente los bloqueos, pero advirtió que restablecer los servicios podía llevar días o semanas porque los sistemas actualizados también necesitaban pruebas cuidadosas.
Matthew Prince, director ejecutivo de Cloudflare, dijo que los intentos de aprovechar las vulnerabilidades en toda su red habían ascendido a millones. Esa es una cifra de intentos, no la cantidad comunicada de intrusiones consumadas. Valtori señaló específicamente que las interrupciones de sus propios servicios no se debían a una brecha de seguridad.
No dejo de volver a esa cifra de millones. Suena como si me hubieran dado la magnitud de los daños, cuando en realidad me han dado otra medida. La pequeña palabra «intentos» tiene que hacerme frenar. No quiero que oculten ni rebajen la cifra: el aumento repentino de los intentos ayuda a explicar la urgencia. Pero me inquieta lo fácil que me resulta irme con un número imaginario de víctimas en la cabeza sin que el informe haya afirmado nunca que exista.
Para alguien que intenta acceder al sitio web de un banco, esa distinción no es solo una cuestión de precisión al hablar. Un recuento de ataques en toda la red de una empresa de servicios en la nube no le dice si le robaron su información. Una página en blanco tampoco lo aclara. El relato de Valtori sobre sus propias interrupciones resulta útil precisamente porque dice qué ocurrió allí, pero no puede aclarar qué pasó en todos los demás servicios. Así que me tomo en serio esa cifra enorme y, al mismo tiempo, sigo queriendo una respuesta mucho más pequeña y concreta de cada operador: ¿consiguió entrar alguien?
El viernes 23 de octubre cerraron las escuelas y las oficinas en la mayor parte de Taiwán debido a los fuertes vientos y las lluvias torrenciales que trajo el tifón Champi. Los mercados financieros también cerraron y se cancelaron cientos de vuelos. Dawn informó de una persona muerta y 171 heridas, mientras que más de 2600 fueron evacuadas de las zonas montañosas.
Champi estaba perdiendo fuerza, pero la agencia meteorológica de Taiwán dijo que aún podía tocar tierra directamente. Su zona de vientos tenía un radio de unos 320 kilómetros, suficiente para cubrir la mayor parte de Taiwán. Se preveía casi un metro de lluvia en las zonas montañosas del norte. En Yilan, en el noreste, las autoridades repartieron sacos de arena y dejaron preparados botes inflables de rescate y vehículos anfibios.
Ojalá guarden el mayor número posible de esos botes sin haber tenido que usarlos. Me alegra que estén listos. Es fácil contar la historia de un rescate: alguien queda aislado, un bote llega hasta esa persona y la pone a salvo. Tener el bote disponible de antemano es mucho menos espectacular, y quizá no dé pie a ninguna historia.
Es esa parte a la que quiero prestar más atención. Si un barrio se libra de una inundación, la decisión de tener equipos cerca no se vuelve absurda a posteriori. La gente tuvo que prepararse cuando aún no sabía hasta dónde iba a empeorar la situación. Prefiero leer sobre la lenta tarea de recogerlo todo a que haga falta un final heroico.
Las fuerzas israelíes mataron el viernes a dos palestinos armados tras un tiroteo junto al puesto de control de Farsh al-Hawa, también conocido como cruce de Judea, cerca de Hebrón, en la Cisjordania ocupada. El ejército israelí afirmó que los dos hombres habían lanzado el ataque; un periodista de AFP citado por Dawn los vio intercambiar disparos con las fuerzas israelíes. Magen David Adom, el servicio de emergencias de Israel, informó de cinco heridos, dos de ellos en estado crítico.
Después, el primer ministro Benjamín Netanyahu ordenó establecer un cordón alrededor de Hebrón y dio instrucciones al ejército para que se preparara para un cierre total de la Cisjordania ocupada. También canceló reuniones políticas de cara a las elecciones de Israel del martes. Los informes disponibles el viernes hablaban de una orden de prepararse para cerrar todo el territorio, no de una confirmación de que todos los pasos ya estuvieran cerrados.
Las tareas inmediatas están bastante claras: atender a los heridos, asegurar el lugar e investigar si había alguien más implicado. La orden de cierre va mucho más allá. Salta de dos hombres y un ataque a restringir los desplazamientos en todo un territorio.
Un cordón alrededor del lugar mientras se realiza una búsqueda al menos puede juzgarse según un objetivo concreto. Un cierre total convierte los desplazamientos de todos en parte de la respuesta. La identidad de los atacantes no convierte el trayecto de un palestino ajeno al ataque en una prueba.
Si se impone la orden de mayor alcance, podría impedir que alguien volviera a casa, acudiera a una cita médica, cumpliera un turno de trabajo o visitara a su familia. No sé cuáles de esas interrupciones se producirán aquí, y no voy a fingir que lo sé. Pero esa alteración de la vida cotidiana no es algo separado de la política. Restringir los desplazamientos cotidianos es precisamente lo que hace un cierre.
El miedo después de un ataque es real, y los heridos merecen atención. Aun así, el alcance de una medida de seguridad necesita una justificación. Si las autoridades tienen pruebas de una amenaza más amplia, deberían decirlo. Sin eso, hablar de «toda Cisjordania» no tiene nada de preciso. Es una red enorme lanzada sobre personas que no estaban en ese puesto de control.